
Era la noche antes de Navidad en el Lejano Oeste, en un pequeño pueblo llamado Estrella Dorada. Aunque estaba en medio del desierto, el pueblo se preparaba con alegría para la llegada de la Navidad. Las casas estaban decoradas con guirnaldas hechas de ramas de cactus y flores del desierto, y en el centro del pueblo había un árbol de Navidad muy especial: un viejo pino que había crecido allí por arte de magia, gracias a un hada llamada Lucía.
Lucía vivía en el bosque cercano junto con un grupo de elfos traviesos y animales parlantes. Todos trabajaban juntos para que la Navidad en Estrella Dorada fuera siempre mágica. Este año, habían decorado el árbol con cascabeles, plumas de colores y luces mágicas que brillaban como pequeñas estrellas. Pero lo más importante era la gran estrella dorada que colocaban en la punta del árbol.
Esa estrella no era una estrella cualquiera. Se decía que su brillo especial hacía que los sueños de Navidad se hicieran realidad. Pero esa noche, algo terrible sucedió: la estrella dorada había desaparecido.
—¡Esto es un desastre! —exclamó Lucía, volando de un lado a otro con sus alas plateadas—. Sin la estrella, la Navidad no será la misma.
Los elfos, con sus gorros rojos y botas llenas de polvo del desierto, empezaron a buscar por todas partes. Pepe, el ratón más listo del bosque, trepó al árbol para asegurarse de que no estuviera escondida entre las ramas. Clara, la zorra veloz, corrió hasta el río para ver si alguien la había tirado allí. Y Hugo, el búho sabio, se elevó en el cielo nocturno para buscar desde las alturas.
Pero nadie encontró nada.
—Debe haber sido robada —dijo Hugo con voz grave—. Pero ¿quién querría llevarse algo tan importante para la Navidad?
—Tal vez alguien que no cree en la magia de la Navidad —dijo Lucía, con tristeza.
Mientras tanto, en el pueblo, una niña llamada Emma estaba sentada junto a la ventana de su casa, mirando el árbol sin la estrella. Emma adoraba la Navidad, pero algo en el ambiente esa noche se sentía diferente.
—Mamá, ¿por qué el árbol no tiene su estrella? —preguntó.
—No lo sé, cariño. Tal vez las hadas están teniendo problemas este año —respondió su madre, tratando de no preocuparla.
Pero Emma no podía quedarse sin hacer nada. Se puso su abrigo, sus botas y su sombrero vaquero, y salió al frío. No sabía cómo, pero estaba decidida a ayudar.
Caminó hacia el bosque y pronto escuchó voces pequeñas y apuradas. Era el grupo de elfos discutiendo con Lucía.
—¡Yo busqué en el cactus grande y no está! —decía uno de los elfos.
—¡Pues busca otra vez! —respondía otro.
Emma se acercó con cuidado y dijo:
—¿Puedo ayudar?
Lucía y los elfos se giraron sorprendidos.
—¿Una niña? ¿Aquí? —dijo Lucía, parpadeando con sus ojos brillantes—. No solemos dejar que los humanos nos vean.
—Pero yo quiero ayudar —insistió Emma—. La Navidad no será igual sin la estrella.
Lucía la miró con atención y luego asintió.
—Muy bien. Tú puedes hablar con los animales del pueblo mientras nosotros seguimos buscando aquí. Tal vez alguien vio algo.
Emma corrió de regreso al pueblo y empezó a preguntar a los animales. Preguntó a las gallinas del corral, pero dijeron que solo habían estado buscando granos. Preguntó a un caballo llamado Trueno, pero él dijo que no había visto nada porque estaba dormido. Finalmente, Emma habló con un coyote llamado Chispa, que siempre merodeaba cerca de las casas.
—Vi algo extraño anoche —dijo Chispa, rascándose la oreja—. Un cuervo grande voló sobre el pueblo llevando algo brillante.
—¿Hacia dónde fue? —preguntó Emma emocionada.
—Hacia las montañas —respondió Chispa.
Emma corrió de regreso al bosque y le contó todo a Lucía.
—¡Entonces debemos ir a las montañas! —dijo Lucía, decidida.
Lucía, Emma y un pequeño grupo de elfos se pusieron en marcha. Aunque hacía frío y la noche era oscura, Lucía usó su magia para iluminar el camino. Cuando llegaron a las montañas, vieron una cueva iluminada por un resplandor dorado.
—Debe estar allí —susurró Emma.
Entraron con cuidado y encontraron al cuervo. Estaba sentado sobre un nido hecho de ramas, y en el centro del nido estaba la estrella dorada.
—¡Esa es nuestra estrella! —exclamó Lucía.
El cuervo graznó, pero no parecía querer devolverla.
—No quise robarla —dijo el cuervo, bajando la cabeza—. Pero estaba tan oscuro y frío aquí, y pensé que tal vez me daría algo de luz.
Emma dio un paso adelante.
—La estrella no es solo para una persona. Es para todo el pueblo, para que todos puedan sentir la magia de la Navidad.
El cuervo miró la estrella y luego a Emma. Finalmente, asintió con su cabeza.
—Tienes razón. Aquí está.
Lucía tomó la estrella con cuidado y sonrió.
—Gracias por devolvérnosla. Y si alguna vez necesitas luz, siempre puedes pedir ayuda.
Volvieron al pueblo justo antes de la medianoche. Lucía colocó la estrella en la punta del árbol, y su brillo iluminó todo Estrella Dorada. Los habitantes salieron de sus casas, maravillados.
Esa noche, todos en el pueblo, incluidos los animales del bosque y hasta el cuervo, celebraron juntos la Navidad más mágica que habían tenido.
-Alba C.
