
En la fría noche de Navidad, Mateo miraba por la ventana mientras la nieve caía suavemente. Su mayor deseo era pasar la Navidad con su abuela Rosa, que vivía en otro país y no había podido visitarlos ese año. Aunque sus padres intentaron alegrarlo con villancicos y chocolate caliente, Mateo no podía evitar sentir un vacío en su corazón.
Decidió salir al jardín, donde todo estaba cubierto por un manto blanco. Se quedó mirando el cielo y extendió las manos para atrapar los copos que caían. De repente, un copo especialmente brillante aterrizó en la punta de su nariz.
—Pide un deseo —susurró una voz dulce y delicada.
Mateo abrió mucho los ojos, sorprendido. El copo de nieve brillaba intensamente antes de empezar a derretirse. Con el corazón acelerado, cerró los ojos y, con todas sus fuerzas, pidió:
—Quiero que mi abuela esté aquí conmigo.
Cuando abrió los ojos, el copo ya no estaba, y todo parecía igual. Mateo suspiró, pensando que tal vez solo había imaginado lo que había pasado. Entró en casa y se acurrucó junto al árbol de Navidad.
De repente, escuchó un suave golpe en la puerta. Mateo corrió a abrirla, y su corazón dio un vuelco. Allí, envuelta en una bufanda tejida y con una gran sonrisa, estaba su abuela Rosa.
—¡Abuela! ¿Cómo…? —Mateo no podía creerlo.
—El avión llegó antes de lo esperado, y tus padres querían que fuera una sorpresa —respondió ella, abrazándolo con fuerza.
Mateo no dijo nada sobre el copo mágico, pero supo en su corazón que había sido mucho más que una coincidencia. Aquella fue la Navidad más especial de su vida, porque aprendió que los deseos, cuando son sinceros, pueden volar tan alto como las estrellas.
-Manu P.
