
El viento silbaba entre los riscos del desierto de Tabernas, arrastrando arena y pequeñas hierbas secas que rodaban como bolas de nieve en una Navidad sin invierno. El sol se ocultaba en el horizonte, tiñendo de rojo y dorado las colinas áridas que parecían una pintura inmóvil. La pequeña aldea de Tabernas, un puñado de casas de adobe y madera maltratada por el tiempo, apenas se distinguía en la inmensidad del desierto. Sin embargo, en aquel rincón olvidado, una historia por contar estaba a punto de nacer.
El sheriff Samuel Hawkins se apoyó en la barandilla de su oficina, un edificio con un cartel que colgaba torcido sobre la entrada, y miró al horizonte. No esperaba regalos ni fiestas; solo quería que aquella víspera de Navidad transcurriera en paz, para su tranquilidad y seguridad de todos, y es que el pueblo había tenido más que suficientes problemas en los últimos meses: sequía, forajidos y una fiebre de oro que había atraído más problemas que fortuna.
Dentro de la oficina, la campanilla tintineó cuando se abrió la puerta. Era Bethany Green, la única doctora del pueblo. Su cabello castaño estaba recogido en un moño apresurado, y llevaba una cesta llena de mantas y provisiones.
—Sheriff, ¿ha oído los rumores? —preguntó, dejando la cesta sobre el escritorio.
Samuel levantó una ceja.
—¿De qué tipo?
—Dicen que ‘El Chacal’ Malone y su banda están rondando por aquí. Al parecer, planean robar el cargamento de oro que llega mañana en el tren.
El sheriff suspiró. Malone era un nombre que había escuchado demasiadas veces. Líder de una pandilla despiadada, no dudaba en saquear, incendiar y matar.
—No sé cómo vamos a enfrentarlos, Bethany. Con suerte, se aburrirán y buscarán otro pueblo más rico que saquear.
—¿Y si no?
Samuel no respondió. En su mente, ya estaba evaluando sus opciones. Con solo un puñado de hombres armados en el pueblo, cualquier enfrentamiento con Malone sería suicida.
La noche cayó sobre Tabernas, y los pocos habitantes de San Salvatore se reunieron en la iglesia, un edificio pequeño y modesto, con un campanario torcido que parecía estar siempre al borde del colapso. El reverendo Jonas Wilkins estaba organizando una sencilla misa de Nochebuena, aunque la tensión en el ambiente era palpable.
Mientras los fieles entonaban cánticos navideños, María Santiago, una joven que trabajaba en la taberna, entró apresuradamente, su vestido rojo cubierto de polvo.
—¡Vienen! —gritó, interrumpiendo el canto.
—¿Quién viene? —preguntó el reverendo, alarmado.
—La banda de Malone. Están a menos de una hora de aquí.
El murmullo de los aldeanos llenó la iglesia. Samuel, que había permanecido cerca de la puerta, se levantó con rapidez.
—Todos los que puedan pelear, reúnanse conmigo frente a la oficina del sheriff —ordenó. Luego se volvió hacia Bethany—. Necesito que prepares un lugar seguro para las mujeres, los niños y los ancianos.
Bethany asintió y salió corriendo hacia la clínica.
Un pequeño grupo de hombres se reunió frente a la oficina del sheriff. Eran cinco en total, incluyendo a Samuel. Cada uno llevaba lo que podía: escopetas oxidadas, pistolas de cañón corto y un par de cuchillos. Era evidente que no tenían muchas posibilidades.
—Escuchen bien —dijo Samuel—. No podemos enfrentarlos de frente, pero conocemos este terreno mejor que ellos. Si logramos dispersarlos, tal vez podamos proteger el pueblo.
Los hombres asintieron con solemnidad. Uno de ellos, Billy Tanner, un joven vaquero de no más de veinte años, levantó la mano.
—Sheriff, si nos toca morir esta noche, quiero que sepa que ha sido un honor servir con usted.
Samuel lo miró con una mezcla de tristeza y gratitud.
—Haremos lo posible por que ninguno de nosotros muera, Billy.
La pandilla de Malone llegó al pueblo poco antes de la medianoche, sus siluetas recortadas contra la luz de la luna. Eran al menos una docena, con caballos nerviosos y armas que brillaban bajo el cielo estrellado.
Malone, un hombre de rostro curtido y sonrisa cruel, desmontó y caminó hasta el centro de la calle principal.
—¡Sheriff Hawkins! —gritó—. Sé que estás aquí. Sal y hablaremos como hombres.
Samuel apareció desde la sombra de un callejón, con su revólver enfundado.
—Malone, no tienes nada que hacer aquí. No hay oro ni riquezas en este pueblo. Solo gente que quiere vivir en paz.
El bandido rio.
—Ah, sheriff, si eso fuera verdad, no estarías tan nervioso. Además, no vine por oro. Vine porque me divierte ver cómo los pueblos pequeños intentan resistir.
Antes de que Samuel pudiera responder, un disparo resonó en la noche. Era Billy, que había disparado desde la azotea de la tienda general. El tiro alcanzó a uno de los hombres de Malone, quien cayó de su caballo.
El caos estalló.
Los disparos iluminaron la noche, y el eco de las balas resonó en las colinas. Samuel y sus hombres hicieron lo posible por mantener a raya a los bandidos, utilizando cada rincón del pueblo como cobertura. Sin embargo, la superioridad numérica de la banda pronto se hizo evidente.
Mientras tanto, en la clínica, Bethany organizaba a las mujeres y los niños. Había convertido el sótano en un refugio improvisado, con mantas y agua. María Santiago, que había decidido quedarse para ayudar, se asomó por la ventana y vio cómo el pueblo ardía bajo la luz de las llamas.
—Bethany, no podemos quedarnos aquí. Si los bandidos ganan, nos encontrarán.
Bethany asintió con pesar.
—Llevemos a todos al cañón detrás de la iglesia. Es nuestra única oportunidad.
En medio del enfrentamiento, Samuel se encontró cara a cara con Malone. Ambos desenfundaron al mismo tiempo, pero la bala del sheriff rozó el hombro del bandido, mientras que la de Malone falló por completo.
—Nada mal, Hawkins —dijo Malone, retrocediendo hacia su caballo—. Pero esto no ha terminado.
Antes de que pudiera subir a su montura, un ruido extraño interrumpió la pelea. Era el repique de las campanas de la iglesia, pero nadie las estaba tocando.
Los bandidos y los defensores del pueblo se detuvieron, mirando hacia el campanario. Allí, iluminada por la luz de la luna, estaba una figura alta y esquelética, vestida con una túnica oscura.
—¿Quién demonios es ese? —preguntó uno de los hombres de Malone, con la voz temblorosa.
La figura no respondió, pero levantó un brazo y señaló hacia el desierto. De repente, un viento gélido barrió el pueblo, apagando las llamas y llenando el aire con un extraño silencio.
Malone, claramente perturbado, gritó:
—¡Vámonos de aquí! Este lugar está maldito.
Su banda, aterrorizada, lo siguió sin mirar atrás, dejando al pueblo en una calma inesperada.
A la mañana siguiente, los habitantes de San Salvatore emergieron de sus escondites para encontrar el pueblo intacto, como si la batalla nunca hubiera ocurrido. Las campanas de la iglesia estaban quietas, y no había rastro de la figura misteriosa.
Samuel se reunió con Bethany frente a la clínica, donde los niños jugaban con alegría.
—¿Qué crees que fue eso? —preguntó ella.
El sheriff negó con la cabeza.
—No lo sé, pero parece que Tabernas tuvo su propio milagro de Navidad.
Y aunque nunca encontraron una explicación, los habitantes de San Salvatore nunca olvidaron aquella noche. Para ellos, siempre sería recordada como la Navidad en la que el desierto de Tabernas se llenó de esperanza.
-María José C.
