En el corazón del desierto de Tabernas

En el corazón del desierto de Tabernas, en la provincia de Almería, vivía una niña llamada Candela. Desde muy pequeña, había soñado con ser una valiente vaquera del árido oeste. Admiraba a los jinetes que recorrían los paisajes desérticos del oeste, cuidando del ganado y protegiendo las fronteras de la ley. Con tan solo 8 años montaba a caballo con una soltura que dejaba perplejo a todo aquel que la viera. Soñaba con aquellos escenarios que veía en las películas que le ponía su abuelo y se imaginaba a lomos de su caballo cabalgando y sintiendo el cálido viento del desierto en su pelo.

La estación del año favorita de la pequeña Candela era Navidad pues tenía como tradición ir con su familia a pasar un día en el parque temático del MiniHollywood donde vivía experiencias inolvidables rodeada del salvaje oeste. Sentía que ese era su lugar y admiraba con la boquiabierta a los muchachos que cabalgaban y vestían como auténticos vaqueros. Candela siempre vestía unas botas cowboy marrones que su abuelo le compró en un viaje a la capital y las conjuntaba con un sombrero marrón chocolate que su madre le regaló cuando cumplió 6 años. Le apasionaba escuchar las bandas sonoras de las películas más célebres ambientadas en el oeste. Pasaba horas leyendo libros sobre el tipo de vida que se desarrollaba en los poblados del oeste, practicaba montando a caballo a diario y soñaba con vivir esa vida. A menudo se imaginaba montando a su caballo Indalo por el poblado del MiniHollywood, viviendo la vida que ella quería.

Pero ese interés desmesurado por vivir su sueño cambió cuando Candela se acercaba a la adolescencia puesto que no encontraba inspiración ni apoyo en su entorno para perseguir sus sueños. Nunca vio a una mujer desempeñar el papel de vaquera y eso le hizo perder la ilusión día tras día.

La familia de Candela tampoco la apoyaba, cada vez que hablaba del viejo y lejano oeste se reflejaba en las miradas de sus familiares la desaprobación hacia ese estilo de vida para una mujer. Algunos de los adultos, le decían que las chicas no estaban hechas para ese tipo de trabajo, y que debía conformarse con ocupaciones más adecuadas para su género. La familia de Candela deseaba que se olvidara de eso y se volcara de lleno en el negocio familiar artesanal de dulces.

La Navidad se acercaba y el ambiente festivo invadía las calles polvorientas del pequeño pueblo donde vivía Candela. Las luces parpadeantes adornaban los escasos árboles del desierto y el sonido de los villancicos resonaba en cada rincón del pueblo. Candela amaba la Navidad, pero este año la melancolía invadió su corazón. Sabía que su sueño de convertirse en vaquera seguía siendo un desafío, y se sentía sola en su lucha contra las expectativas de sus familiares. Cuando peor se sentía iba a ver a su leal compañero su caballo Indalo y le contaba todo aquello que guardaba dentro de ella. Candela estaba perdida, no sabía que rumbo poner a su vida así que decidió empezar a trabajar esa Navidad en la fábrica familiar y seguir así los pasos hacia la vida que sus padres querían para ella, aunque ella lo detestaba. Eso era lo que todos esperaban de ella, que fuera la próxima generación que heredara la fábrica y se hiciera cargo de ella como hizo su padre con su abuelo.

Una noche de vuelta a casa después del trabajo iba admirando las luces navideñas cuando Candela encontró un cartel pegado en una de las farolas del pueblo que llamó su atención. El cartel anunciaba un concurso de talentos en el MiniHollywood. Candela no daba crédito, aquel parque era su lugar favorito en el mundo. El primer premio del concurso consistía en cubrir una plaza como vaquero que había quedado libre lo que suponía una gran oportunidad para Candela.

De pronto, Candela arrancó el cartel y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta. Al llegar a casa volvió a leerlo detenidamente, porque no podía creer lo que sus ojos veían, y volvió a recobrar la ilusión que un día perdió por alcanzar lo que siempre había querido ser una vaquera del salvaje oeste. Esa misma noche mandó el correo con el que debía inscribirse al concurso, pero no dijo nada a su familia pues tenía miedo de cuál iba a ser su reacción.

Candela sintió que esa era su oportunidad de demostrarle al mundo que las mujeres también podían ser vaqueras. Estaba lista para cumplir su sueño, había dedicado su vida a aprender todo sobre el oeste y no iba a dejar pasar esa oportunidad. Los días previos al concurso fueron muy intensos para Candela. Se levantaba muy temprano, practicaba montando a caballo en el desierto y perfeccionaba sus habilidades de tiro. Todo ello a espaldas de su familia, por lo que seguía trabajando en la fábrica con normalidad. Realmente llegaba la final del día agotada, pero sabía que ese sacrificio la iba a llevar donde siempre había querido estar.

El concurso tendría lugar el día de Navidad por lo que Candela debía contarle a su familia que ese día tenía la audición, pero tenía mucho miedo de ser rechazada. El día de Noche Buena mientras cenaba tomó aire y les contó a todos sus familiares lo que tanto tiempo llevaba preparando. Se hizo un absoluto silencio en toda la casa y, de repente, apareció su abuelo al fondo de la sala con una caja enorme con una nota que decía «Confiamos en ti». A Candela se le escapó una pequeña lágrima antes de abrir la caja gran caja verde que apenas podía sostener con sus manos. La caja contenía unas nuevas botas de cowboy iguales que las que Candela tenía de pequeña, la emoción se apoderó de ella y echa un mar de lágrimas agradeció a toda su familia el regalo.

Ella no había sido consciente, peor durante todo su proceso de preparación su familia sabía en qué estaba metida pues su madre había descubierto el cartel en la chaqueta de Candela. Aunque la familia era reacia y no estaban muy convencidos de que ese era el camino correcto para Candela, entendieron y vieron cómo se sacrificó y trabajó muy duro durante días para alcanzar su sueño.

Finalmente, llegó el día del concurso en el MiniHollywood de Almería. Candela se levantó temprano y se puso las botas nuevas y guardó la notita en el bolsillo interior de su chaqueta para que le trajera suerte. Su familia le acompañó para demostrarle todo su apoyo, pero ella estaba extremadamente nerviosa. Se preparó mentalmente para dar lo mejor de sí misma y dejar una impresión imborrable en los jueces. Cuando llegó su turno, Candela salió con la confianza de una verdadero vaquera, recordando a aquella pequeña niña que veía con ilusión todas las películas del oeste al lado de su abuelo y que recorría aquel pequeño poblado soñando con ser un día una vaquera del MiniHollywood. Y ahora, ahí estaba ella con su caballo Indalo demostrando al jurado que merecía estar ahí rompiendo todos los estereotipos de los vaqueros que siempre había visto.

Demostró su destreza en el manejo del látigo, su habilidad para montar a caballo y su precisión en el tiro al blanco. El público y los jueces quedaron impresionados por la pasión y el talento de la joven vaquera. Su familia sintió un gran orgullo al ver a Candela feliz como nunca y haciendo lo que siempre había soñado.

Finalmente, Candela resultó ganadora indiscutible de aquel concurso de talentos. Rompió con los estereotipos del salvaje oeste demostrando que era tan válida como cualquiera de sus compañeros. El trabajo de Candela por fin había tenido sus frutos, alcanzó la meta de su vida y encontró el trabajo con el que siempre había soñado. Desde ese momento Candela siempre vivió rodeada de arena, caballos y protegiendo un poblado del oeste de los malhechores.

Esa Navidad siempre será recordada por Candela como la más mágica de toda su vida porque en Navidad los sueños siempre se cumplen con constancia, perseverancia y siendo fiel a uno mismo.

-Natalia D.

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