
Alicia soñaba con ser vaquera. Sus padres le habían llevado en verano a MiniHollywood Oasys, un parque temático del Salvaje Oeste, y desde entonces era lo único de lo que hablaba. Se había visto todas las películas Western, se sabía los nombres de todos los famosos forajidos y de los hombres de ley que habían querido pararles los pies, y llevaba a todas partes la reluciente placa de sheriff del disfraz que le habían comprado sus padres.
Pero lo que más entusiasmaba a Alicia del Salvaje Oeste no eran los grandes sombreros, ni las pistolas ni las placas. Eran los caballos. Aquellas hermosas y majestuosas bestias con largas crines y poderosas patas con las que cabalgaban a gran velocidad. Era ver uno, y su corazón comenzaba a palpitar con fuerza. Todos los días, rogaba a sus padres que le dejaran aprender a montar, pero no había forma. Temían que se hiciera daño, y pensaban que aquella fijación por los vaqueros era pasajera y algún día se le pasaría.
La mañana de Nochebuena, los padres de Alicia la llevaron a una feria itinerante que pasaba por su ciudad. Consintieron en que llevara puesto su disfraz de sheriff, siempre y cuando para la cena se cambiara a un atuendo más elegante y propio de la ocasión.
La feria era enorme y estaba llena de gente que gritaba y corría hacia las gigantescas atracciones, la mayoría demasiado peligrosas para una niña de su edad. Pero a ella no le importaba; eran bonitas, con luces y muchos colores, y se contentaba con mirarlas mientras comía algodón de azúcar.
—¡Por fin una atracción a la que puedes subirte! —exclamó su madre, señalando al carrusel—. ¡Y mira cuántos caballos tiene!
Tenía razón, aquel carrusel tenía muchísimos caballos, todos preciosos. Aunque nada más verlo, Alicia se quedó prendada de uno en concreto. Los otros caballos eran de colores claros y llevaban flores y adornos por el estilo en crines y montura. Éste, sin embargo, era de color negro azabache, con calcetines blancos en las cuatro patas, y no llevaba adornos de ningún tipo, ni siquiera silla de montar. A Alicia le pareció que era el caballo más hermosos que había visto nunca, y pasó el resto del día subida a su lomo. ≪Ojalá fueras un caballo de verdad≫, pensaba con anhelo mientras daba vueltas y más vueltas en el carrusel. ≪Te cuidaría muy bien y te llamaría Navidad, por haber llegado en la época más feliz y bonita del año≫.
Aquella noche, ya arropada en su cama, esperaba ansiosa la llegada de Papá Noel. En su carta le había pedido, entre otras cosas, una muñeca con ropa del Oeste que llevaba también un caballo, pero Papá Noel era mágico, y él sabría que su deseo había cambiado. Ya no le interesaban los juguetes, sólo quería que Navidad fuera un caballo de verdad. Estaba tan nerviosa que no lograba conciliar el sueño, y a medianoche, escuchó ruidos por la casa.
En cuestión de segundos, se levantó de la cama y corrió hasta el salón. Había un montón de regalos bajo el árbol, aunque ninguno tenía el tamaño ni la forma de un caballo. Tal vez Papá Noel no fuera tan mágico como ella creía después de todo… Entonces, oyó otro ruido fuera. ¡El trineo! Quizás, si se lo pedía en persona, le concedería su deseo. Alicia se puso el gorro y el abrigo encima del pijama y salió corriendo tras el trineo de Papá Noel.
Miró hacia arriba y vio una estrella roja que atravesaba el cielo a gran velocidad. Debía de ser la nariz del reno Rudolph, no cabía duda. Corrió con todas sus fuerzas, siguiendo a la estrella por toda la ciudad. Cuando se dio cuenta, los edificios habían desaparecido y se encontraba en el recinto ferial, ahora vacío excepto por las atracciones apagadas. De repente, un destello escarlata la cegó por un segundo, y escuchó una melodía, la misma que había sonado toda la mañana en el carrusel. Siguió la música y pronto vio las luces de la atracción. Ahí estaba Navidad, dando vueltas como siempre.
Se acercó al carrusel, pero antes de alcanzarlo, la barra dorada que anclaba el caballo a la atracción comenzó a derretirse. Un baño de oro líquido cubrió a Navidad, deslizándose despacio sobre su cabeza, lomo y patas. Cuando el espeso líquido llegó hasta el suelo, descubriendo de nuevo al caballo azabache, éste aleteó las orejas, pestañeó y saltó fuera de la plataforma, relinchando y balanceando la cola. Navidad se había transformado en un caballo de verdad.
Trotó hasta Alicia y se inclinó, permitiendo que la niña subiera a su lomo. La llevó galopando por extensas llanuras y profundos valles bajo un manto de estrellas. Iban a muchísima velocidad, pero Alicia no tenía miedo, porque sabía que Navidad no la dejaría caer. La estrella roja brilló de nuevo en el cielo, sólo durante unos segundos, como si les saludara. Alicia respondió al saludo, agitando la mano con una sonrisa, y se abrazó al cuello del caballo.
—Gracias por esta noche maravillosa, Navidad —susurró, cerrando los ojos—. Eres el mejor caballo que podría soñar.
Cuando volvió a abrir los ojos, comprobó con decepción que se encontraba de nuevo en su dormitorio, tendida bajo las mantas. La estrella roja, el caballo, las llanuras… ¿Todo había sido un sueño?
—Alicia, ¿qué haces todavía en la cama? ¡Es la mañana de Navidad! —exclamó su padre desde la puerta del dormitorio—. ¿Por qué te has puesto el abrigo y el gorro? ¡Quítatelos y ven a abrir los regalos, vamos!
Papá Noel le había traído la muñeca y todos los otros juguetes que había pedido, y aunque no los abrió con tanta ilusión como habían esperado sus padres, estaba contenta. Su sueño había sido maravilloso, y tenía fe en que algún día se haría realidad y el caballo llamado Navidad volvería a ella.
Con el tiempo, sus padres se dieron cuenta de que su amor por los caballos no era algo pasajero, y logró convencerles de que le dejaran tomar clases de equitación. Cada semana la llevaban a la hípica,y aprendió no sólo a montar, sino también a ensillarlos y cepillarlos. Cuando se hizo mayor, consiguió trabajo en el poblado del Salvaje Oeste de MiniHollywood, donde había descubierto su pasión tantos años atrás. Pasaba los días rodeada de caballos y vestida de vaquera, haciendo sonreír a los niños. Pensaba que no podía ser más feliz. Hasta un día de Navidad, en que trajeron un caballo nuevo al poblado.
Lo habían rescatado de un circo en el que había sido maltratado, y requeriría muchos cuidados antes de poder formar parte de los espectáculos. Todos sabían que Alicia era la persona adecuada para esta tarea, pues trataba a los caballos con mucho cariño y éstos la adoraban.
—Es precioso, azabache con calcetines blancos —le informó su compañero mientras la llevaba a conocer al nuevo caballo—. Como ha llegado hoy, hemos decidido llamarle Navidad.
Al escuchar esto, Alicia recorrió el trecho que le separaba de los establos a toda velocidad. Aunque sucio y maltrecho, no tenía dudas de que era el mismo caballo que había soñado de pequeña, y por la alegría con que relinchaba, él también parecía reconocerla.
—Has tardado mucho en volver a mí, Navidad —susurró Alicia, abrazándolo con cariño—. No te preocupes, jamás volverán a separarnos.
Sus compañeros no cabían en sí de asombro. El caballo no se había dejado acariciar por nadie desde que lo rescataran, hasta ahora.
Alicia cuidó de él y, tras un tiempo, recuperó todo su esplendor. Todos los niños quedaban maravillados con el hermoso caballo llamado Navidad, y cada noche, tras cerrar el parque al público, Alicia y él cabalgaban juntos de nuevo bajo el manto de estrellas.
-Beatriz P.
