una Navidad de leyenda con Blacky y Morani, un ibis eremita, un serval, una jirafa y un caimán intrépido.

Luis se acostó temprano, con la luna asomando,
las estrellas brillaban, el frío calaba hondo.
Abrazó su almohada, con un deseo profundo:
ir al Oeste, al desierto, a otro mundo.
«Quiero cactus y polvo, y un sol abrasador,
quiero duelos, caballos, y un sombrero vaquero mejor.
Si tan solo pudiera, al Oasis viajar,
sería el mejor regalo que alguien pudiera dar.»
Y así, entre suspiros y la luz de un candil,
se durmió soñando con un destino sutil.
Pero aquel no era un sueño cualquiera,
era una aventura que lo llevaría a la frontera.
Un viento silbó entre las arenas calladas,
y un ibis eremita apareció en la nada.
«Chico, despierta, hay cosas por hacer,
sigue mi vuelo, si tienes algo de qué valer.»
Luis, intrigado, siguió al ibis volador,
cruzando dunas con un creciente clamor.
En el horizonte, entre risas y sombras,
apareció una hiena de manchas asombrosas.
«Soy Blacky», gritó, mostrando los colmillos,
«y ese que viene atrás es Morani, mi viejo pillo.
¿Qué hace un niño como tú en este terreno?
Aquí no hay dulces, solo polvo y duelos.»
Luis lo miró con aire decidido:
«Estoy buscando algo que no se ha perdido.
Si hay peligro, que sea, estoy listo para ir,
¿tienes algo emocionante que compartir?»
Morani habló entonces, con su voz rasposa:
«Al cañón del trueno vamos.
Dicen que ahí, en las sombras del abismo,
vive un forajido con sueños de cinismo.»
Luis sonrió, como quien ya sabe,
«Llevadme con vosotros, ¡mi corazón no cabe!
Quiero ver al forajido, y si hay que pelear,
que el Oeste sepa que sé luchar y ganar.»
Y así avanzaron, bajo el sol inclemente,
y un serval elegante apareció de repente.
«¿Vais al cañón? ¡Menuda ocurrencia!
¡Estamos en Navidad! ¡Qué pereza!»
«Ven o quédate», dijo Luis sin dudar,
«pero si vienes, prepárate para luchar.»
El serval rió, saltando con destreza:
«Si hay acción, estoy dentro, ¡y de cabeza!»
Llegaron al río, donde un caimán gigante,
los miraba fijo, con aire desafiante.
«¿Quién cruza mis aguas sin invitación?
¡Esto es mi dominio, y yo pongo la condición!»
Blacky le respondió con una sonrisa:
«Queremos pasar, y si es de prisa.
¿Te unes al viaje o te quedas aquí?
Hay un bandido, ¿te gusta el festín?»
El caimán, intrigado, dejó que cruzaran,
y juntos avanzaron mientras las estrellas brillaban.
En el cañón, bajo sombras y misterio,
se encontraron con el Mapache Funesto.
«¡Ja! ¿Qué es esto? ¿Un circo ambulante?
Un niño, hienas y un caimán gigante.
¡No me hagáis reír, yo soy el rey aquí,
y los regalos de Navidad son solo para mí!»
Luis lo miró con mirada acerada:
«Devuelve los regalos, o aquí no queda nada.
En mi tierra, los ladrones como tú,
aprenden rápido que la justicia no lleva tutú.»
El mapache desenfundó, pero Blacky atacó,
y Morani de un buen salto lo ató.
El ibis distrajo, el serval embistió,
y el caimán con su cola al bandido tiró.
Luis, con su lazo, lo atrapó al fin:
«Esto se acaba aquí, Funesto.
Devuelve los regalos, y corre a esconderte,
porque el Oeste no te verá más fuerte.»
El mapache gimió, con lágrimas falsas,
y devolvió los regalos bajo todas las miradas.
El pueblo celebró bajo estrellas doradas,
y Luis supo que aquella noche fue mágica.
Quizás, solo quizás, no había sido un sueño después de todo…
Luis despertó con el sol en su ventana,
y encontró un sobre junto a su cama.
Dentro, las entradas que tanto había soñado,
al Oasis Minihollywood, ¡su deseo logrado!
Cuando llegó al parque y vio a los animales,
una duda creció en sus pensamientos:
¿Era Blacky aquella hiena que reía?
¿Y el caimán, el mismo de aquella travesía?
El Oeste guardó su secreto en la arena,
pero Luis, entre risas, supo su emblema:
A veces, los sueños nos vienen a contar
que el valor y la amistad nos pueden guiar.
Son regalos que el espíritu suele descubrir,
tesoros que en la vida podremos compartir.
-María Isabel G.
