Navidad en el Western Almeriense

El sol estaba poniéndose sobre el desierto de Tabernas, pintando el cielo con tonos naranjas y violetas. En ese paisaje seco y lleno de polvo, el parque temático del lejano oeste se preparaba para la Navidad. Era un lugar genial, como un pueblo del Viejo Oeste, con fachadas de madera, un saloon, una mina falsa y hasta un pequeño zoológico. Todo estaba decorado para la ocasión: guirnaldas hechas con plantas del desierto y un enorme cactus en el centro del pueblo, cubierto de luces y estrellas de madera pintadas por los niños del pueblo vecino.

Pero ese año las cosas estaban un poco tristes. Casi no había turistas, y don Ernesto, el dueño del parque, parecía preocupado. Apenas quedaban los actores vestidos de indios y vaqueros, algunos empleados del zoológico y los animales: caballos, búfalos, cabras y dos suricatas súper traviesas llamadas Pepa y Chispa, que siempre hacían reír a todos.

María, una de las actrices jóvenes, estaba terminando de decorar el cactus cuando vio a un hombre caminando por el sendero polvoriento que llevaba al parque. Era alto, con un abrigo largo, botas gastadas y una guitarra envuelta en una tela.

—¡Hola! —le dijo María bajándose de un taburete—. ¿Buscas algo?
El hombre sonrió y dijo:
—He oído que este es el mejor lugar para celebrar la Navidad en el desierto. ¿Es cierto?
—¡Pues claro! Aunque este año estamos un poco solos. Pero, si quieres, puedes quedarte —respondió María.

El hombre habló con don Ernesto, que lo dejó quedarse para el espectáculo. Nadie preguntó mucho sobre él, pero su forma tranquila de hablar y su guitarra despertaron curiosidad entre todos.

Esa noche, el show comenzó como siempre: un grupo de vaqueros «robaba» oro de la mina y era perseguido por un grupo de «indios» a caballo. Había tiros de fogueo, caídas dramáticas y gritos de los niños que se emocionaban con cada escena. Era un espectáculo clásico que siempre funcionaba.

Pero cuando estaban en la parte más emocionante del show, un ruido fuerte interrumpió todo. Venía del zoológico. Los animales estaban inquietos: las cabras balaban, los caballos relinchaban y los búfalos resoplaban como si algo los hubiera asustado.

—¿Qué está pasando ahora? —dijo don Ernesto, alarmado.

María y el hombre de la guitarra corrieron hacia los establos. Ahí descubrieron la razón del caos: Pepa, una de las suricatas, había escapado de su jaula y estaba correteando entre los otros animales, causando un desastre.

—Tranquilos, déjenmelo a mí —dijo el hombre, muy calmado.

Sacó un trozo de pan de su bolsa y se agachó en el suelo, silbando una melodía suave. Pepa se quedó quieta, curiosa, y poco a poco se acercó. El hombre la atrapó con cuidado y la devolvió a su recinto.

—¡Qué bueno eres con los animales! —dijo María, sorprendida.
—Solo necesitan un poco de paciencia y cariño —respondió él con una sonrisa.

Cuando todo volvió a la normalidad, los actores decidieron cambiar los planes. En vez de continuar con la típica persecución, invitaron al hombre a subir al escenario. Él se acomodó, desenrolló su guitarra y comenzó a tocar.

Las primeras notas llenaron el aire frío del desierto, y todos se quedaron en silencio. Tocó villancicos, pero con un estilo que nadie había escuchado antes, como si mezclara las canciones de Navidad con la música del Viejo Oeste. Poco a poco, los niños y sus familias se unieron a los cantos.

Don Ernesto, emocionado, sacó comida y vino caliente para compartir con todos. Repartió pan, queso y chorizo mientras la música seguía. La plaza del parque, que antes estaba casi vacía, ahora estaba llena de risas, canciones y un ambiente mágico.

Incluso los animales parecían relajados. Los búfalos miraban tranquilos desde su corral, y las cabras se acercaban curiosas al cactus decorado.

María se sentó cerca del hombre mientras tocaba su guitarra.

—No me imaginaba que esta Navidad terminaría así —le dijo.
—A veces, las mejores cosas pasan cuando menos las planeas —respondió él, sin dejar de tocar.

Cuando el show terminó, todos agradecieron al hombre por la música y la buena energía que había traído. Él sonrió y se retiró temprano.

A la mañana siguiente, cuando el sol comenzó a salir, María fue a buscarlo, pero ya no estaba. En el cactus decorado, encontró una nota escrita a mano:

«Gracias por la hospitalidad. Que nunca pierdan la alegría ni la esperanza. Feliz Navidad, amigos.»

Junto a la nota, había dejado su guitarra, como un regalo para todos.

Desde ese día, el parque temático sobre el oeste cambió su forma de celebrar la Navidad. Cada año, en vez de los típicos duelos y persecuciones, organizaban una noche de villancicos alrededor del cactus decorado. La guitarra del forastero se convirtió en un símbolo de esperanza y unión.

Aunque nunca volvieron a verlo, todos recordaban al misterioso hombre que, con su música y su calma, había transformado una Navidad ordinaria en algo inolvidable. En el desierto de Tabernas, donde la vida podía ser dura y solitaria, esa noche demostró que la verdadera magia de la Navidad no necesita nieve ni lujos, solo personas dispuestas a compartirla.

-Eduardo A.

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