Las brujas anti navidad de tabernas

Era la víspera de Navidad, y la ciudad de Almería brillaba con luces cálidas por las calles. La brisa del mar mezclaba el olor salado con el del turrón que se vendía en las calles. Sin embargo, lejos de la ciudad, en el desierto de Tabernas, las cosas eran diferentes. Allí, entre las dunas y los matorrales secos, vivían tres brujas que odiaban la Navidad.

No eran brujas comunes, con sombreros puntiagudos o escobas voladoras. Eran misteriosas y silenciosas, y pasaban sus días escondidas entre las cuevas de las montañas. Nadie sabía por qué odiaban la Navidad, pero había rumores. Decían que, muchos años atrás, las tres brujas habían recibido sus poderes de una poción que les hizo rechazar la alegría, y en Navidad era cuando había más felicidad por las calles. Desde entonces, cada Navidad intentaban apagar el espíritu festivo.

Aquella noche, mientras las familias de Almería decoraban sus casas, las brujas estaban en su cueva tramando un nuevo plan. Su líder, Aldara, una bruja de ojos verdes como el jade, sacó un libro viejo y polvoriento.

—¡Este hechizo será perfecto! —dijo con una sonrisa torcida—. Invocaremos una tormenta de arena tan grande que cubrirá toda la playa y nadie podrá celebrar nada.

Las otras dos brujas, Nía y Lorca, rieron con malicia mientras preparaban los ingredientes: un puñado de arena negra del desierto, agua salada del mar y una hoja seca de un árbol que había muerto hacía años. Recitaron las palabras mágicas, y pronto el cielo sobre el desierto comenzó a llenarse de nubes oscuras.

Sin embargo, lo que las brujas no sabían era que alguien estaba observándolas. Mateo, un adolescente curioso que siempre exploraba las montañas cerca del desierto, había visto las luces extrañas en la cueva y se escondió para espiarlas. Cuando escuchó su plan, supo que tenía que hacer algo. Mateo corrió hasta la playa, donde los vecinos celebraban alrededor de una hoguera. Les contó lo que había visto, pero muchos se rieron.

—¿Brujas? ¿En Navidad? —decía un pescador mientras bebía una copa de anís.

Solo una anciana, Doña Rosalía, le creyó.

—Las brujas existen, niño, y si dices la verdad, debemos detenerlas. Pero la Navidad tiene su propia magia.

Doña Rosalía le entregó a Mateo una pequeña estrella hecha de cristal.

—Llévala a la cima de la montaña que da al mar. Si logras colocarla allí antes de medianoche, la magia de la Navidad será más fuerte que cualquier hechizo.

Mateo no lo dudó. Subió corriendo la montaña mientras el viento del hechizo comenzaba a soplar más fuerte. La arena volaba en remolinos, y el cielo se oscurecía como si la noche hubiera caído dos veces. Las brujas, al darse cuenta de su plan, intentaron detenerlo con hechizos, pero Mateo consiguió evitar sus efectos.

Cuando faltaban solo unos minutos para medianoche, Mateo llegó a la cima. Con todo su esfuerzo, colocó la estrella en una roca alta. En ese instante, la estrella brilló con una luz tan intensa que iluminó el desierto, la playa y el mar. La tormenta de arena desapareció, y las brujas se quedaron sin poder.

En la playa, los vecinos miraban asombrados cómo el cielo se despejaba y las estrellas brillaban como nunca antes. Doña Rosalía sonrió, sabiendo que la magia de la Navidad siempre triunfa.

Desde entonces, cada Nochebuena, una estrella brilla en lo alto de la montaña junto al desierto de Tabernas, recordando que, incluso en los lugares más áridos y oscuros, la luz de la Navidad puede traer esperanza y alegría.

-Custodia C.

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