LA NAVIDAD DE HUGO

Solo faltaban unos días para la Noche Buena y Hugo estaba entusiasmado. Como cada año, su familia adelantaba las fechas navideñas unos días colocando el árbol con todos sus adornos y el Belén. La casa lucía guirnaldas de colores, manteles con dibujos de Papá Noel y botas listas para recibir los caramelos. Incluso Pipo, su perrito, tenía un nido navideño para dormir. La felicidad inundaba su corazón cada vez que llegaba esta época del año.
Era temprano y habían tomado el desayuno. Iban al mercado a comprar un nuevo adorno como hacían siempre, formaba parte de su tradición. Salieron a la calle, Hugo llevaba a Pipo con la correa. Anduvieron dos manzanas y ya casi habían llegado. El semáforo se puso en rojo y esperaron para cruzar, pero Pipo, al ver a otro perrito, tiró de la correa y ésta se escurrió de la mano de Hugo, que vio como un coche no pudo frenar a tiempo y golpeó con fuerza a Pipo.
El niño corrió hacia allí seguido de sus padres. Vio el cuerpo inmóvil de Pipo, lo abrazó llorando desconsolado. El perrito lo miró una última vez y dio un gemido despidiéndose de su querido amigo. Había sido el perrito más feliz del mundo, pero ahora debía partir. Cerró sus ojos y su alma abandonó su cuerpo.
Hugo estuvo abrazado a él hasta el momento de la despedida. Fue enterrado en el jardín trasero de la casa familiar, bajo la sombra de un frondoso árbol y su pequeña tumba quedó rodeada de flores de colores que eran las que más le gustaban a Pipo.
¿Ahora qué sentido tenía la Navidad? Ya nada era igual sin Pipo, nada merecía la pena.
-Hugo, ahora dan una película western de las que tanto te gustan por la tele. Comentó su madre intentando animarlo.
Si hubiese nacido en otra época, habría sido el sheriff de un poblado del Oeste. Tanto le gustaban los indios y vaqueros. Incluso tenía un traje estupendo de sheriff que se ponía para jugar con Pipo en el jardín, donde disfrutaban durante horas.
-No me apetece mamá…
Ella lo abrazó con mucho amor intentando disimular que estaba llorando.
Solo faltaba un día para Nochebuena y querían hacer algo especial para Hugo. Sus padres le dijeron que habían reservado esa noche en Mini Hollywood donde iban a cenar rodeados de pistoleros e indios junto a gran árbol navideño. Parecía que Hugo había reaccionado bien a pesar de su tristeza. Intentarían que fuese feliz esa noche que siempre había sido tan especial para él.
Cuando llegaron ya había oscurecido y todo el poblado del Oeste estaba iluminado, era una gran ilusión óptica para los visitantes. Hugo, un poco a su pesar y después de insistir mucho papá, se vistió de sheriff. Vieron todo el recinto y disfrutaron del espectáculo de los forajidos con multitud de disparos y caballos al galope. Hugo tuvo la oportunidad de hacerse unas fotos con los vaqueros e incluso montar a caballo.
Por la noche cenaron en una velada mágica llena de villancicos y ambiente navideño. En un momento dado, hizo acto de presencia Papá Noel y repartió regalos entre los niños. Sus padres habían hablado con el señor Noel y le contaron la tristeza que sentía su hijo. Papá Noel se levantó de su asiento y buscó a Hugo invitándole a que se acercara. El chico se sentó junto a él ante la mirada espectante de sus padres.
-Me han dicho mis duendes que estás muy triste últimamente.
-Sí. Pipo, mi perrito ya no está conmigo. Lo atropelló un coche -comenzó a llorar-. Ahora estoy solo y yo le quiero. Siempre lo voy a querer señor Noel.
-Así es como debe ser pequeño. El amor es el sentimiento más grande que posee el ser humano -el niño asintió, limpiando sus lágrimas con la manga de la camisa blanca de sheriff-. He pensado que te voy a hacer un regalo igual que a los demás niños que han venido esta noche. ¿Qué te gustaría? ¿Un correaje nuevo, un traje de indio, un coche teledirigido?
-No. Yo, lo que quiero es que vuelva mi Pipo. Dijo sin poder reprimir de nuevo las lágrimas.
Papá Noel, hizo un gesto a uno de sus elfos ayudantes y éste se acercó con un regalo que entregó a Hugo.
-¡Ábrelo! Le animó.
Rompió el papel brillante despacio, despejó la parte de arriba y abrió la tapa que cubría la caja. Unas orejas Asomaron tras una carita angelical. Miró al niño y le dedicó un sonoro ladrido. Su colita empezó a moverse como loca, lleno de alegría.
Hugo miró a Papá Noel, después a sus padres y al resto asistentes que aplaudían emocionados. Cogió al perrito y lo abrazó.
Papá Noel se acercó y le dijo:
-Donde yo vengo hay un mundo lleno de magia. Ya te he dicho que el amor es el mayor sentimiento de todos, y Pipo siempre te ha querido más que a su propia vida. Él está aquí en este pequeño, de vuelta, para continuar junto a su mundo, que eres tú Hugo.
El chico le miró y sonrió lleno de felicidad.
-Mi pequeño Pipo. TE QUIERO.

-Juan Carlos S.

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